MODELOS EXPLICATIVOS DEL MALTRATO Y ABANDONO EMOCIONAL
Los modelos teóricos más relevantes que
intentan proporcionar una explicación al maltrato y abandono emocional son la
teoría del apego de Bowlby (1983), la teoría del aprendizaje social de
Youngblade y Belsky (1990) y la hipótesis de la continuidad social de Wahler
(1990). Según la teoría del apego de Bowlby (1983), el niño reclama mediante
sus conductas la proximidad y el contacto de sus cuidadores, y desarrolla a
partir de sus experiencias de interacción un vínculo socio-afectivo y ciertos
modelos de funcionamiento interno acerca de sí mismo y de sus relaciones
sociales, en los que incluye tanto lo que puede esperar de los demás como de sí
mismo. Si el cuidador responde con sensibilidad y consistencia a las demandas
de atención del niño, le ayudará a desarrollar la confianza básica en su propia
capacidad para influir en los demás con éxito, al tiempo que le aporta
información adecuada sobre cómo conseguirlo. Pero cuando el cuidador no es
accesible, es insensible a sus demandas o lo rechaza, el niño desarrolla un
apego inseguro con efectos conductuales que le impiden explorar de forma
adecuada el ambiente. En el nivel cognitivo-emocional, desarrolla modelos de
funcionamiento interno que afectan su percepción de los demás como
inaccesibles, y de sí mismo como incapaz de lograr el contacto y la
reciprocidad y no ser merecedor de atenciones. Como consecuencia de ello, los
efectos para el menor se convertirán posteriormente en incompetencia social
para sus relaciones interpersonales y dificultad para establecer vínculos
apropiados, lo que provocará relaciones adversas y sentimientos de poca
autoestima e inseguridad a lo largo de su vida. La teoría del aprendizaje
social de Youngblade y Belsky (1990) se centra en las pautas de socialización
inadecuadas desarrolladas por cuidadores que tienen dificultades graves para
manejar situaciones conflictivas durante el período de crianza del niño. Los
padres carecen de criterios educativos adecuados para imponer normas de
conducta. Así, ante la negativa del niño (lloros, pataleos, etc.) para
obedecer, la respuesta de los cuidadores es ceder, dando lugar a consecuencias
a corto, mediano y largo plazo; en el primer caso, la oposición y agresividad
del niño se vuelve funcional, pues logra escapar de la demanda materna y
paterna que le resulta aversiva, con lo que su conducta se refuerza (refuerzo
negativo), y la cesión materna y paterna también se vuelve funcional, pues el
padre o los padres escapan de la situación negativa que plantea el niño
(refuerzo negativo); en cuanto a las consecuencias a mediano plazo, el
reforzamiento negativo aumenta la probabilidad de que vuelvan a surgir nuevos
episodios de conflictos violentos que con frecuencia acaban en ataques físicos,
verbales o ambos; en referencia a las consecuencias a largo plazo: aparecen
problemas de conducta y escasas habilidades prosociales en el niño. Otro modelo
explicativo es la hipótesis de la continuidad social de Wahler (1990). Este
autor plantea que todo niño tiene la necesidad básica de que sus interacciones
con el entorno sean lo más sincrónicas o predecibles posibles, y que esto lo
aprende a través de las diferentes conductas que manifiesta dependiendo
fundamentalmente del comportamiento de los adultos y de su propio temperamento.
Así pues, mientras algunos niños aprenden a generar sincronía a través de
conductas de cooperación con sus cuidadores, otros, en cambio, lo consiguen a
través de comportamientos perturbadores y coercitivos. Las dos estrategias
cumplen la misma función a corto plazo, pero a largo plazo difieren en cuanto
al resultado. Mientras que el comportamiento coercitivo sólo logra breves
periodos de sincronía o relaciones predecibles, aunque aversivas, la
interacción cooperativa entre padres e hijos, al ser predecible y positiva, es
un requisito para que se produzcan en el menor experiencias de aprendizaje
importantes en su contexto familiar y relevantes para su posterior adaptación
al entorno.

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