¿QUÉ SE ENTIENDE POR MALTRATO EMOCIONAL?
Kempe
y Kempe (1979) indican a este respecto "que son actos nocivos, sobre todo
verbales, diciéndole constantemente al niño que es odioso, feo, antipático,
estúpido, o se le hace ver que es una carga indeseable. Puede incluso no
llamársele por su nombre, sino que se le trata simplemente como 'tú', o 'idiota'
o de otro modo insultante". Se trata de una descripción muy concreta de lo
que pueden ser algunas conductas expresivas del rechazo emocional, pero, a poco
que reflexiones sobre realidades y vivencias, el fenómeno del maltrato
emocional puede ser mucho más amplio. Ya estos autores apuntaban que los malos
tratos emocionales desempeñan un cierto papel en todos los abusos y
negligencias físicas y su presencia en casi todos los casos que observamos
resulta muy evidente. Una concepción más elaborada, dentro de la gran
dificultad que representa cualquier fenómeno emocional, la encontramos en M.I.
Arruabarrena y J. De Paúl (1994) que consideran el maltrato emocional como
"la hostilidad verbal crónica en forma de insulto, desprecio, crítica o
amenaza de abandono, y constante bloqueo de las iniciativas de interacción
infantiles (desde la evitación hasta el encierro o confinamiento) por parte de
cualquier miembro adulto del grupo familiar" (p. 31). Como complemento,
definen el abandono emocional como "la falta persistente de respuesta a
las señales (llanto, sonrisa), expresiones emocionales y conductas procuradoras
de proximidad e interacción iniciadas por el niño y la falta de iniciativa de
interacción y contacto, por parte de una figura adulta estable". Podemos
decir que son las dos vertientes activa y pasiva de una relación emocional
negativa. Pero lo que no resulta tan claro es que la actividad emocional de
signo negativo (maltrato emocional) sea exclusivamente de carácter verbal. La
forma de vestir a un niño, la forma de reprenderle o castigarle, las
actividades que se le obliga o induce a hacer, etc., pueden tener un marcado
signo de rechazo emocional. J. Garbarino (1986) matizaba el concepto de
maltrato emocional en cuatro subgrupos: rechazo, aterrorizar, aislamiento e
ignorar. Pero exigiendo para que se pueda hablar de maltrato emociona] en esos
cuatro supuestos, el que se den con persistencia y continuidad y el que sean
acciones claramente perceptibles.
Todavía
no llegan los cuatro subtipos de Garbarino a cubrir toda la gama de conductas
posibles productoras de maltrato emocional, y quizás sea un objetivo
inalcanzable e incluso no deseable el pretender matizar con detalle las formas
concretas de maltrato emocional. J. Giovannoni (1991), tras constatar la pluralidad
de fenómenos que se engloban en el maltrato psicológico intrafamiliar, defiende
distintas clasificaciones según que se esté pensando en objetivos de
diagnóstico, de intervención o de diseños de política social. En este último
extremo, Giovannoni constata la dificultad de actuación por la intromisión y
cruce de poderes que supone el marcar unas determinadas pautas educativas, que
en realidad es donde aparecen los episodios de maltrato psicológico o
emocional. En nuestro caso, hablamos de maltrato emocional refiriéndonos a
aquellas conductas dirigidas intencionalmente por un adulto hacia un niño, que
producen en él daño interno a través de sentimientos negativos
(desvalorización, desestima) hacia su propia persona sin justificación ni
necesidad. Supuesto esto y puesto a discusión, vamos a constatar dos elementos
característicos del maltrato emocional, aunque no del todo ajenos también al
maltrato físico. El impacto emocional de la conducta de una persona sobre otra
es muy relativo. Va a depender, sobre todo, de la forma en que esa conducta sea
percibida por el niño, por el receptor. Podemos decir que el impacto emocional
es cognitivo y, por lo tanto, no tiene valor universal ni constante. Es
susceptible de interpretaciones diversas como cualquier conducta verbal en
función del tono, de matices y contexto de la frase; o como una conducta
no-verbal en términos de captación del significado y alcance de los gestos. Al
mismo tiempo, el impacto emocional de una conducta adulta en un niño adquiere
valoración negativa en función de los términos de comparación de conductas que
utilice el sujeto. Los términos de comparación a utilizar por el sujeto pueden
ser de dos clases: - Las conductas habituales de trato a los otros niños en ese
mismo medio social y cultural. - Las conductas habituales de trato a ese niño
por otras personas. Esta relatividad de la interpretación de las conductas es
lo que hace especialmente difícil la intervención y prevención en los casos de
impacto emocional negativo. Puede decirse que esta dificultad es también
inherente a los malos tratos físicos, pero su alcance es sensiblemente menor.
Podemos encontrar niños para los cuales el acostarse sin cenar, o el recibir
una paliza de su padre, no sea vivido como maltrato, y, en cambio, acuse de ofensor
al profesor que le ha dado un empujón al entrar a clase {"porque a mí sólo
me pega mi padre"). Esta vivencia es absolutamente real y no algo
anecdótico y extraño. Pero si se quieren investigar las palizas, o la
desnutrición, hay mejores vías que éstas para clarificar el desprecio íntimo
que supone decirle a un niño sucio, o sentarle a él sólo en una esquina de la
clase, o mandarle fregar el suelo que ha ensuciado. La dificultad para
objetivar el impacto emocional se hace mayor cuando se refiere a conductas que
representan formas culturales establecidas y aceptadas. En la sociedad
occidental, el niño está adquiriendo cotas de respeto y dignidad perfectamente
justificadas pero impensables todavía para otras culturas. Por ello, no debe
extrañarnos que los/as niños/as procedentes de esas culturas, y recién
insertados aquí, no vivan como daño emocional lo que para nosotros sí lo es.
Esto, evidentemente, debe cuestionarnos nuestros modelos de intervención en
casos procedentes de otras culturas. No hay que ignorar el problema, pero
tampoco hay que creárselo a ellos de manera forzada. Los procesos paulatinos de
inmersión cultural -sin perder su origen- es lo que hará cambiar el concepto de
normalidad y el de daño. Cuando esta concienciación vaya apareciendo es cuando
el profesional puede actuar de manera directa. Otra situación completamente
distinta es la que se da en el maltrato emocional vivido por un niño respecto
de su profesor o respecto de un familiar, porque su/s vínculo/s afectivo/s
anterior/es le han tratado con tal miramiento que es incapaz de soportar una
broma o un reproche, o una conducta del adulto entre el desprecio y el
reproche. En estos casos podemos hablar de daño emocional pero no de maltrato.
Como ocurre en el daño físico, si un alimento es dañino para un niño, y el
responsable del comedor no lo sabe, lo que le ocurra al niño al tomarlo será un
daño físico, pero el responsable del comedor no ha sido un maltratador.
Situaciones equivalentes hay muchas, que calificamos por lo general como desgracias
o hipersensibilidad del niño/a. A la inversa también es analizable la
relatividad del maltrato emocional, así como la del físico, aunque éste en
menor grado. Un niño muy acostumbrado a los malos tratos, procedentes, física o
emocionalmente, de las figuras iniciales de apego, puede demandar un trato
agresivo o humillante como forma satisfactoria para él de relacionarse con
otros adultos. Lógicamente, estamos ante casos de contenido patológico
importante en el desarrollo de esa persona
RECUPERADO
DE:AGUSTÍN BUENO BUENO
Profesor de Psicología Social de la Universidad de Alicante.EL MALTRATO
PSICOLÓGICO / EMOCIONAL
COMO EXPRESIÓN DE VIOLENCIA
HACIA LA INFANCI.https://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/5913/1/ALT_05_06.pdf

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